De pequeña me enseñaron que todos somos iguales ante
los ojos de Dios. Esta afirmación venía acompañada de elementos para que
aprendiera a no discriminar, a no mirar a los otros como si fuesen menos que
yo. Hoy en día agradezco esa enseñanza que me permitió fortalecer mi conducta
de respeto por el otro, independientemente de su condición individual. A esta condición y la importancia de
visibilizarla, es que me referiré en este artículo.
Cada persona es diferente a otra. Incluso dentro
de una familia, todos sus miembros son diferentes entre sí, con rasgos propios,
tanto física como intelectualmente. Reconocer esos aspectos diferentes nos va
generando consciencia de nuestra identidad propia, y nos va configurando el
sentimiento de satisfacción con uno mismo, en especial cuando somos considerados
y reconocidos como lo que somos, ante los demás. Lo peor que nos puede pasar es
sentirnos invisibles.
El poder de la identidad individual tiene su
esencia en una fuerza interior que nos afirma, y que también encuentra eco en
grupos de cualquier naturaleza, como equipos deportivos, movimientos culturales,
grupos de investigación, organizaciones ciudadanas o partidos políticos, en los
que nos identificamos de alguna forma, y sentimos que pertenecemos.
Esta circunstancia que nos congrega en algún grupo
o colectivo puede ser aprovechada de forma constructiva, como suele suceder en
una orquesta musical o un equipo deportivo, donde a partir de las diferencias y
fortalezas de cada individuo se genera un resultado conjunto maravilloso; pero
también ha sido utilizado para generar efectos excluyentes y negativos, como el
discurso de la lucha de clases, en el que se criminalizan las diferencias de
los individuos aparentemente más “favorecidos” como causantes de la desgracia
de los demás. Cuando esto sucede, se genera una profunda ruptura con el valor que
representa la diferencia individual para privilegiar una supuesta igualdad de
una masa de personas sin forma definida.
Un Estado deformado a través de la acción de un
régimen mafioso y corrupto, sumado a una estrategia de homogeneización hacia
abajo de sus ciudadanos en torno a las debilidades, a la exacerbación de la
pérdida de su individualidad, agravado por la brutal crisis humanitaria
compleja que nos ha empujado a convertirnos en sobrevivientes, ha propiciado un
caldo de cultivo en el que se dificulta –por no decir que se imposibilita- concebir
y ejercer la identidad ciudadana. Con estas prácticas perversas, implantadas
por diseño para anular el espíritu individual, se ha buscado generar una
sensación de invisibilidad, de minusvalía, que fomenta la sumisión del ser
individual en pro de un supuesto beneficio colectivo.
Ahora bien, los individuos también nos agrupamos
para fines sociales y políticos distintos a los culturales o deportivos. Desde
el punto de vista jurídico, nos agrupamos en sociedades vinculadas a un Estado,
lo que nos hace titulares de derechos políticos y a los que se nos aplican las leyes
de dicho Estado, en consecuencia adquirimos también deberes respecto a ellas. Pero
desde un sentido más sociológico y antropológico, nos concebimos relacionados
con otros individuos, como pertenecientes a una comunidad donde afirmamos una
identidad como una suerte de sistema de reconocimiento y legitimación. En ese
sentido, la identidad ciudadana
se convierte en el elemento esencial para desarrollar el ejercicio de la
ciudadanía, en su sentido más amplio y con todas sus dimensiones, sin lo cual
es imposible consolidar una sociedad civil madura, libre y próspera.
La identidad individual es un constructor social,
en el cual intervienen las experiencias del individuo y los discursos públicos
que las interpretan, y está definida por las valoraciones de aquellos que la
asumen y defienden en el marco de unos círculos de reconocimiento que les dan
sentido. La identidad ciudadana, desde mi punto de vista, agrega a estas
consideraciones el hecho de concebirse como parte de un conjunto en el que
partiendo de valores específicos –libertad,
respeto, propiedad privada, igualdad ante la ley, mérito, entre algunos de los
nuestros- se potencie el aporte individual de cada uno, y en el proceso de
construcción de su éxito y la articulación con el de los demás, contribuyan a
construir un país verdaderamente libre y próspero.
A partir de esta convicción, avanzamos.
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