Hemos escuchado comúnmente hablar del “poder que
tiene el ciudadano”. Sin embargo, cuando escudriñamos un poco más ese lugar
común, nos encontramos que dicho poder se asume restringido a la visión del
ciudadano como parte del grupo, masa, bulto o a la posibilidad de ejercer un
voto cuando se le requiere.
Desde nuestro punto de vista, el poder del ciudadano
y del ejercicio de su ciudadanía es mucho más amplio y más interesante y tiene
múltiples dimensiones, cuyo conocimiento detallado nos muestra un espectro muy
rico, cuya articulación y entramado dinámico es esencial para una sociedad
civil sana, sólida, madura y moderna.
Una sociedad civil con ese perfil indudablemente
empujará para sustituir el círculo vicioso de dependencia, nivelación hacia
abajo y desprecio por el conocimiento en el que hoy estamos sumidos en
Venezuela, por un círculo virtuoso en el cual tengan incidencia la experiencia
de las organizaciones en sus diferentes ámbitos de acción, la conexión de
dichos aportes en cada nivel que corresponda y la interacción inteligente y
respetuosa de estas organizaciones ciudadanas con las diferentes instituciones
que forman parte de una República. Entre esas instituciones están, por
supuesto, los partidos políticos.
Hoy en nuestro país, la lucha de los ciudadanos
está enfocada en garantizar nuestros derechos esenciales, los más básicos, que
en los últimos años han sido disminuidos a niveles reñidos con la dignidad
humana. Eso nos deja muy poco margen para dedicarnos al conocimiento, a la
búsqueda del mejoramiento profesional y personal, al sueño de realización que
tengamos como individuos. Estamos concentrados esencialmente en la
sobrevivencia.
Sin embargo, casi con la misma frecuencia,
encontramos ciudadanos que no se han dejado abatir por la dura realidad de su
entorno y, acompañando su esfuerzo por subsistir, trabajan organizados para
mantener la generación de información, experiencias, herramientas, ideas y
conocimiento, que garantizan que no quedemos aislados y en la penumbra como
sociedad. Encontramos estos ejemplos en las universidades, comunidades,
gremios, en fin, en la mayoría de los lugares y sectores del país.
¿Cuál es el elemento que genera esa motivación?
¿Por qué estos ciudadanos deciden organizarse y construir en medio de un
entorno que incentiva a lo contrario? Entender la respuesta a estas preguntas
nos da la clave para llegar al origen del poder del ciudadano.
Aún en las circunstancias más adversas y en un
entorno abiertamente hostil, encontramos que el espíritu libertario del
ciudadano buscará incentivar su organización con otros ciudadanos que coinciden
en esa motivación, en la búsqueda de alcanzar su aspiración; ya sea esta de
índole académica, productiva, social y hasta filantrópica. Esta articulación los
empuja a ejercer su ciudadanía como individuos que se constituyen en
organización, con capacidad de cuestionar, de emitir opiniones y posiciones
propias; de exigir respuestas más allá de lugares comunes, donde se respete su
inteligencia, su dignidad y no como elementos sin identidad ni posición, que
son parte de una masa utilitaria para cumplir la intención de un tercero.
Nuestra tarea es propiciar las condiciones para
que ese espíritu libertario del ciudadano se mantenga vivo, se fortalezca y
crezca. En esa medida, el ejercicio del poder del ciudadano se expresará en su articulación
para construir una sociedad civil robusta, que se desarrolle como un organismo
vivo, en simbiosis con las organizaciones ciudadanas y que vaya progresando a
medida que sus méritos lo generen. En la medida en que los liderazgos políticos
comprendan que esta es la verdadera esencia de la ciudadanía, comenzarán a generarse
los cambios imprescindibles para una sociedad próspera, moderna y conectada con
el mundo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario