Un amigo a quien quiero mucho siempre nos repite
que “las guerras se ganan primero en
nuestra mente, antes de salir al campo de batalla. Si no lo haces así, perdiste
antes de comenzar”. Todo este tiempo había escuchado esta afirmación desde
la perspectiva bélica, estrictamente hablando. Sin embargo, a la luz de los aprendizajes
conversando con ciudadanos en distintos rincones de Venezuela comprendo que
esto tiene un significado mucho más amplio.
Cada uno de nosotros, dentro y fuera del país, libra
cada día una batalla interna. En nuestro entorno, cada minuto las señales
contradictorias e incentivos perversos que se interponen con nuestra decisión
de seguir adelante, se solapan y atropellan a las razones de fondo que nos
mueven a creer que sí es posible en Venezuela –y no dentro de mil años- un
mañana lleno de libertad y oportunidades. Cuando logramos que la balanza se
incline hacia la visión de lo que creemos posible, se nos renueva la fuerza para
avanzar por la ruta correcta día tras día, sin importar las dificultades. Pero
no siempre es fácil.
Familias separadas, economía personal y familiar destruida,
enfermedades, pérdidas, son la constante que encontramos en cada venezolano. Dolor
y mucha rabia por las causas que nos trajeron hasta aquí. Al mismo tiempo,
claridad, mucha claridad en la negativa férrea de volver al país en el que esas
causas estaban presentes, porque ello nos traería de nuevo a esta realidad,
pero peor, porque habremos perdido un tiempo valioso, y sobre todo, la inmensa
oportunidad de comenzar todo diferente, desde su raíz.
Te despiertas cada día, lo meditas, y a pesar de
todos los obstáculos y las dificultades, o quizá precisamente porque existen,
te dices: hay que seguir. Esta es la ruta. Tenemos que vencer. Y luego sales,
revisas las redes sociales, los debates que están en la calle, falla alguno –o
varios- servicios públicos, los anti valores como santo y seña en tu entorno, y
de nuevo te preguntas ¿tiene sentido? ¿Qué pasa con la mayoría de los líderes políticos,
que no ven lo que vemos nosotros? ¿Hasta cuándo será este divorcio con el
anhelo urgente del ciudadano? ¿Cuánto más piensan ellos que podemos resistir
esta tragedia?
Una gran parte de lo que vivimos hoy en nuestro
país, es así por diseño del régimen. Las colas, la humillación en las
instituciones públicas, el sometimiento a las cajas de comida, la restricción
en los servicios públicos. La corrupción, en todos sus niveles, el abuso. El
terror de la persecución por pensar distinto, la inseguridad en cada rincón. Es
el intento de someternos, hacernos sentir ínfimos, que no valemos lo suficiente
para merecer más, que está mal aspirar a otra cosa mejor para nosotros y nuestras
familias. Que hay que conformarse.
En esos momentos, suelo apelar a la afirmación de
mi amigo, con la que comencé este escrito. Primero, tenemos que ganar la
batalla dentro de nosotros. Tenemos que lanzarnos en una cruzada
imprescindible, vital, emocional, espiritual, a partir de la que nos fortalezcamos
en la convicción y claridad de cuáles son los siguientes pasos a seguir. Y para
ello, necesariamente tenemos que acudir a nuestra esencia, a la médula de lo
que somos.
Venezuela está llena de ciudadanos decentes, nobles
y trabajadores. Gente que quiere echar pa´lante, que quiere prosperar a partir
de su esfuerzo y su trabajo. Ciudadanos que saben que todo esto está mal, pero
que no es producto solamente del legado del difunto, saben que la raíz viene de
mucho más atrás, y que desde allá atrás es que hay que cambiar.
Pero el sistema está diseñado para que no nos
encontremos, para que no sepamos que hay más como nosotros, que pensamos en
forma similar. Por ello, lo primero que tenemos que asumir con claridad es que no
estamos solos, que somos muchos millones por todos los rincones del país que
hacemos el mismo análisis, al igual que en cada ciudad del mundo donde hay
nativos de esta maravillosa tierra. Y luego, hacerle ver al vecino que esto es
así, e invitarlo a su vez a que también lo haga con su vecino. Tenemos esa
responsabilidad ciudadana. Así será mucho más difícil someternos y anular
nuestro espíritu que siempre está en busca de los caminos hacia la libertad y
la prosperidad. Porque los malos sí se agrupan, y se mantienen cohesionados, lo
que hace que aunque sean muy pocos, parezcan una gran fuerza que atemorice.
Comencemos por ganar entonces nuestra cruzada
vital. La que se genera cada momento dentro de nosotros ante la incertidumbre
de lo que vendrá en el corto plazo. Frente a cada dilema, frente a los
antivalores que pretenden imponernos desde este sistema de mafias que han
instalado en nuestro país, preguntémonos si lo que haremos nos aleja o nos
acerca a la ruptura necesaria y urgente con aquellos antivalores. Y actuemos en
consecuencia. Y ante la duda, siempre podemos llamar a un amigo.