sábado, 31 de agosto de 2019

La cruzada vital


Un amigo a quien quiero mucho siempre nos repite que “las guerras se ganan primero en nuestra mente, antes de salir al campo de batalla. Si no lo haces así, perdiste antes de comenzar”. Todo este tiempo había escuchado esta afirmación desde la perspectiva bélica, estrictamente hablando. Sin embargo, a la luz de los aprendizajes conversando con ciudadanos en distintos rincones de Venezuela comprendo que esto tiene un significado mucho más amplio.
Cada uno de nosotros, dentro y fuera del país, libra cada día una batalla interna. En nuestro entorno, cada minuto las señales contradictorias e incentivos perversos que se interponen con nuestra decisión de seguir adelante, se solapan y atropellan a las razones de fondo que nos mueven a creer que sí es posible en Venezuela –y no dentro de mil años- un mañana lleno de libertad y oportunidades. Cuando logramos que la balanza se incline hacia la visión de lo que creemos posible, se nos renueva la fuerza para avanzar por la ruta correcta día tras día, sin importar las dificultades. Pero no siempre es fácil.
Familias separadas, economía personal y familiar destruida, enfermedades, pérdidas, son la constante que encontramos en cada venezolano. Dolor y mucha rabia por las causas que nos trajeron hasta aquí. Al mismo tiempo, claridad, mucha claridad en la negativa férrea de volver al país en el que esas causas estaban presentes, porque ello nos traería de nuevo a esta realidad, pero peor, porque habremos perdido un tiempo valioso, y sobre todo, la inmensa oportunidad de comenzar todo diferente, desde su raíz.
Te despiertas cada día, lo meditas, y a pesar de todos los obstáculos y las dificultades, o quizá precisamente porque existen, te dices: hay que seguir. Esta es la ruta. Tenemos que vencer. Y luego sales, revisas las redes sociales, los debates que están en la calle, falla alguno –o varios- servicios públicos, los anti valores como santo y seña en tu entorno, y de nuevo te preguntas ¿tiene sentido? ¿Qué pasa con la mayoría de los líderes políticos, que no ven lo que vemos nosotros? ¿Hasta cuándo será este divorcio con el anhelo urgente del ciudadano? ¿Cuánto más piensan ellos que podemos resistir esta tragedia?
Una gran parte de lo que vivimos hoy en nuestro país, es así por diseño del régimen. Las colas, la humillación en las instituciones públicas, el sometimiento a las cajas de comida, la restricción en los servicios públicos. La corrupción, en todos sus niveles, el abuso. El terror de la persecución por pensar distinto, la inseguridad en cada rincón. Es el intento de someternos, hacernos sentir ínfimos, que no valemos lo suficiente para merecer más, que está mal aspirar a otra cosa mejor para nosotros y nuestras familias. Que hay que conformarse.
En esos momentos, suelo apelar a la afirmación de mi amigo, con la que comencé este escrito. Primero, tenemos que ganar la batalla dentro de nosotros. Tenemos que lanzarnos en una cruzada imprescindible, vital, emocional, espiritual, a partir de la que nos fortalezcamos en la convicción y claridad de cuáles son los siguientes pasos a seguir. Y para ello, necesariamente tenemos que acudir a nuestra esencia, a la médula de lo que somos.
Venezuela está llena de ciudadanos decentes, nobles y trabajadores. Gente que quiere echar pa´lante, que quiere prosperar a partir de su esfuerzo y su trabajo. Ciudadanos que saben que todo esto está mal, pero que no es producto solamente del legado del difunto, saben que la raíz viene de mucho más atrás, y que desde allá atrás es que hay que cambiar.
Pero el sistema está diseñado para que no nos encontremos, para que no sepamos que hay más como nosotros, que pensamos en forma similar. Por ello, lo primero que tenemos que asumir con claridad es que no estamos solos, que somos muchos millones por todos los rincones del país que hacemos el mismo análisis, al igual que en cada ciudad del mundo donde hay nativos de esta maravillosa tierra. Y luego, hacerle ver al vecino que esto es así, e invitarlo a su vez a que también lo haga con su vecino. Tenemos esa responsabilidad ciudadana. Así será mucho más difícil someternos y anular nuestro espíritu que siempre está en busca de los caminos hacia la libertad y la prosperidad. Porque los malos sí se agrupan, y se mantienen cohesionados, lo que hace que aunque sean muy pocos, parezcan una gran fuerza que atemorice.
Comencemos por ganar entonces nuestra cruzada vital. La que se genera cada momento dentro de nosotros ante la incertidumbre de lo que vendrá en el corto plazo. Frente a cada dilema, frente a los antivalores que pretenden imponernos desde este sistema de mafias que han instalado en nuestro país, preguntémonos si lo que haremos nos aleja o nos acerca a la ruptura necesaria y urgente con aquellos antivalores. Y actuemos en consecuencia. Y ante la duda, siempre podemos llamar a un amigo.

jueves, 15 de agosto de 2019

Dos estados, siete municipios, ocho parroquias


Arrancamos muy temprano rumbo a San Fernando de Apure, por donde comenzaría nuestro recorrido. Queríamos visitar a aquellos conciudadanos que, desde los lugares más recónditos de Venezuela, alzan incansables su voz por la libertad de nuestro país, superando muchas dificultades, la mayoría de las veces muy duras y personales. Queríamos transmitirles que sabemos que están allí, que no han dejado de luchar y que contamos con ellos para seguir avanzando hacia la libertad.
La conversación con el conductor del carro por puesto que nos llevaría de Aragua a Apure arrancó en torno a los diferentes aspectos de la crisis venezolana. La escasez de gasolina, el primer tema. Las peripecias que tienen que hacer los trabajadores del volante para seguir haciendo su trabajo. Aunque es menester mencionar que en esta zona del país la escasez de combustible no ha sido tan brutal como lo es en Oriente, los Andes, o el Zulia. En ese contexto, hablamos del repuesto de mi carro, que lleva tres años en el taller. “¿Todavía no lo ha conseguido?, Mire señora, le recomiendo que si tiene tiempo y los churupitos, se monte en un autobús de los que salen de Cagua y se vaya a Cúcuta, allí seguro lo consigue en un momentico y muchísimo más barato de lo que le van a pedir aquí”. Y de allí pasó a explicarme su nuevo modo de abastecer de suministros básicos a su familia.
Raúl se monta cada dos meses o quizá un poco más, en un bus a Cúcuta. Con menos de 200$ abastece a su familia con una holgada cantidad de los productos básicos de alimentación y de higiene para los siguientes dos meses. Nuestra siguiente hora de camino fue explicando la comparación de marcas, presentaciones y precios entre Cúcuta y cualquier bodega o buhonero en nuestros pueblos. “No señora, yo más nunca le compro a los comerciantes de aquí, nos están matando, nos están desangrando”, y entonces me tocó explicarle a Raúl cómo los controles y las distorsiones que el socialismo ha generado en nuestro país son los que provocan estos precios que sufrimos nosotros. Le comenté que el producto más caro es el que no se consigue. Le expliqué la diferencia entre el esfuerzo de trabajo y gestión que enfrentan los comerciantes formales, con todos los filtros y controles que deben cumplir y pagar al régimen, versus el comercio informal que me estaba describiendo. Le recordé el grado de destrucción que este régimen ha causado, en especial en el sector productor.
Una parte de su narración fue espeluznante, cuando describió como fue pasar por la trocha. “Uno le paga a una gente que te pasa de un lado al otro. La guía nos dijo: no miren a la derecha. Pero ya sabe, señora, basta que a uno se lo digan para que le provoque mirar. Y se me espelucó el cuerpo, porque allá a la derecha estaban los colectivos, con la cara tapada y la metralleta, ahí cerquita. Es increíble, señora. De un lado, los militares colombianos, de este lado la guardia nuestra y en el medio estos colectivos, que resulta que eran de uno de los pranes de Tocorón. Fíjese dónde fueron a parar para ganar dinero. Pero nadie le dispara a nadie. Todos saben que los otros están allí, pero nadie hace nada”. Pero aún con toda esa dificultad en el proceso de paso de un lado a otro, Raúl insiste en que le resulta mejor ir a comprar allá para su casa. Modo sobrevivencia, le dicen. Para que lo que trabaja, le alcance y viva decentemente con su familia.
Al final de la conversación, me dice: “ay señora, yo no me meto mucho en política, pero es que con esta gente ya no hay más nada que hacer, no sé que más está esperando la oposición para pedir ayuda internacional, ellos no van a salir solos por las buenas”. Y sigue: “si en lugar de utilizar toda la estrategia que han usado para destruirnos, esta gente lo hubiera hecho para ayudarnos, estaríamos mejor que Dubai”. Sabiduría ciudadana, desde lo más profundo de los llanos de nuestro país.
Comenzando por San Fernando, llevamos a cabo una serie muy intensa de reuniones, conversaciones, visitas y actividades con afiliados de nuestro partido, representantes locales de otros partidos políticos, y mucha ciudadanía interesada en escuchar y preguntar “¿qué está pasando en Caracas?” San Fernando, Camaguán, Calabozo, Chaguaramas, Tucupido, Zaraza, San José de Unare, Valle la Pascua, las parroquias visitadas. Apure, Camaguán, Miranda, Chaguaramas, Ribas, Zaraza, Infante, los municipios. Reuniones de noche y sin luz, y la gente allí. Poblaciones que llevaban días sin agua. Las calamidades descritas una y otra vez con distintas palabras, con diferentes ejemplos. La angustia de los asistentes repetida en cada encuentro: “¿qué estamos esperando? ¿Por qué la Asamblea Nacional no activa el 187? ¿Cuándo vamos a salir de esto?”. Hay mucha angustia por el tiempo que sigue pasando sin que se avizore la solución definitiva. Y al mismo tiempo, mucha claridad en que solos no podemos.
Nuestra responsabilidad es hablar claro y de frente. Y así lo hicimos en cada lugar, y con cada persona que nos preguntó, preguntas difíciles de responder descarnadamente, porque el ciudadano está padeciendo en su vida y la de su familia, una calamidad terrible, y decirle de frente, mirándole a los ojos que la cosa no está fácil, que el diálogo en Noruega lo ha complicado más, es duro. Pero, y en esto me quiero detener un momento, la fortaleza y claridad de este país es mucho más grande de lo que en algunos ámbitos políticos se asume. Todos te respondían que ese diálogo no nos llevará a ninguna solución. Todos.
La Venezuela profunda sabe que aquí hay que fajarse y bregar duro para salir adelante contra estas mafias, con todo su entramado de corrupción y socialismo. Que sentarse a conversar con ellos es perder el tiempo, es retroceder. Que nosotros los ciudadanos presionando desde aquí, sin desviarnos de la ruta del coraje, sumando y pidiendo ayuda a las fuerzas internacionales, establecemos la fórmula de la solución idónea, eficiente y efectiva. Y escucharlo en la voz y expresiones de la gente sencilla y trabajadora de estos lugares, te estremece el cuerpo.
Dirigentes políticos locales cuyos partidos nacionales andan en otra cosa, totalmente divorciados de la realidad de su propia militancia, dejándolos en la anomia de mensajes y de acompañamiento. Ciudadanos que han perdido tierras, propiedades, que te dicen “con este esfuerzo y este compromiso con esta lucha estoy honrando a mi padre que murió defendiendo lo suyo” y así, podría seguir con muchos más ejemplos. Jóvenes que no tienen edad suficiente para siquiera recordar lo que había antes de esta desgracia de los últimos 20 años, y que están fajados sin descanso en explicarle a sus mayores por qué la solución no es volver a la Venezuela que ellos recuerdan, porque esa nos trajo hasta aquí, sino erradicar del todo este sistema basado en el rentismo, el populismo, el militarismo, el clientelismo, el estatismo, el paternalismo y la corrupción, que no es otra cosa que el socialismo, para instaurar una República Liberal verdadera, donde impere el estado de derecho, el respeto a la propiedad privada, la honestidad, la decencia, y donde el trabajo, el esfuerzo propio y el mérito sean lo que determine el crecimiento y la prosperidad del individuo y sus familias.
En varios lugares me quedé sin palabras, porque era la gente la que nos lo explicaba a nosotros. Y no estoy hablando de expertos politólogos, sino de ciudadanos que viven y sufren en el corazón de Venezuela y que vibran con su tierra, y les brillan los ojos y se les quiebra la voz cuando describen su sueño de verla prosperar y de ser protagonistas de ese día que lo logremos. Se siente una gran responsabilidad escucharlo. Es reconfortante reiterar a través del testimonio de la propia gente que realmente somos así, no como nos han querido hacer pensar en algunos sectores, ofreciéndonos más dádivas y subestimando nuestra capacidad ciudadana de comprensión, de análisis y raciocinio ante la realidad política.
En resumen, vivimos 60 intensas horas de realidad en todos los sentidos, en las que constatamos que desde lo más profundo del país es un hecho que el venezolano de bien trazó una línea clara, e hizo una ruptura definitiva con todo lo que nos trajo hasta aquí, y lo mejor, que está clarito en que sólo a partir de su esfuerzo honesto, con sus propias manos, alcanzaremos la prosperidad y el desarrollo que anhelamos. Y están dispuestos a hacerlo.
Regresamos revitalizados con esa energía ciudadana que se desprende en cada intercambio, orgullosa de compartir la lucha con todas las personas que vimos, y al mismo tiempo con un gran sentido de compromiso en hacer lo que tengamos que hacer para que, como país, no nos desviemos de la ruta del coraje que arrancó aquel 23 de enero de este año con la activación del artículo 233 de la constitución, y que –Dios mediante- nos llevará definitivamente a la libertad.


domingo, 11 de agosto de 2019

El valor del individuo como estrategia para la libertad


De pequeña me enseñaron que todos somos iguales ante los ojos de Dios. Esta afirmación venía acompañada de elementos para que aprendiera a no discriminar, a no mirar a los otros como si fuesen menos que yo. Hoy en día agradezco esa enseñanza que me permitió fortalecer mi conducta de respeto por el otro, independientemente de su condición individual. A esta condición y la importancia de visibilizarla, es que me referiré en este artículo.
Cada persona es diferente a otra. Incluso dentro de una familia, todos sus miembros son diferentes entre sí, con rasgos propios, tanto física como intelectualmente. Reconocer esos aspectos diferentes nos va generando consciencia de nuestra identidad propia, y nos va configurando el sentimiento de satisfacción con uno mismo, en especial cuando somos considerados y reconocidos como lo que somos, ante los demás. Lo peor que nos puede pasar es sentirnos invisibles.
El poder de la identidad individual tiene su esencia en una fuerza interior que nos afirma, y que también encuentra eco en grupos de cualquier naturaleza, como equipos deportivos, movimientos culturales, grupos de investigación, organizaciones ciudadanas o partidos políticos, en los que nos identificamos de alguna forma, y sentimos que pertenecemos.
Esta circunstancia que nos congrega en algún grupo o colectivo puede ser aprovechada de forma constructiva, como suele suceder en una orquesta musical o un equipo deportivo, donde a partir de las diferencias y fortalezas de cada individuo se genera un resultado conjunto maravilloso; pero también ha sido utilizado para generar efectos excluyentes y negativos, como el discurso de la lucha de clases, en el que se criminalizan las diferencias de los individuos aparentemente más “favorecidos” como causantes de la desgracia de los demás. Cuando esto sucede, se genera una profunda ruptura con el valor que representa la diferencia individual para privilegiar una supuesta igualdad de una masa de personas sin forma definida.
Un Estado deformado a través de la acción de un régimen mafioso y corrupto, sumado a una estrategia de homogeneización hacia abajo de sus ciudadanos en torno a las debilidades, a la exacerbación de la pérdida de su individualidad, agravado por la brutal crisis humanitaria compleja que nos ha empujado a convertirnos en sobrevivientes, ha propiciado un caldo de cultivo en el que se dificulta –por no decir que se imposibilita- concebir y ejercer la identidad ciudadana. Con estas prácticas perversas, implantadas por diseño para anular el espíritu individual, se ha buscado generar una sensación de invisibilidad, de minusvalía, que fomenta la sumisión del ser individual en pro de un supuesto beneficio colectivo.
Ahora bien, los individuos también nos agrupamos para fines sociales y políticos distintos a los culturales o deportivos. Desde el punto de vista jurídico, nos agrupamos en sociedades vinculadas a un Estado, lo que nos hace titulares de derechos políticos y a los que se nos aplican las leyes de dicho Estado, en consecuencia adquirimos también deberes respecto a ellas. Pero desde un sentido más sociológico y antropológico, nos concebimos relacionados con otros individuos, como pertenecientes a una comunidad donde afirmamos una identidad como una suerte de sistema de reconocimiento y legitimación. En ese sentido, la identidad ciudadana se convierte en el elemento esencial para desarrollar el ejercicio de la ciudadanía, en su sentido más amplio y con todas sus dimensiones, sin lo cual es imposible consolidar una sociedad civil madura, libre y próspera.
La identidad individual es un constructor social, en el cual intervienen las experiencias del individuo y los discursos públicos que las interpretan, y está definida por las valoraciones de aquellos que la asumen y defienden en el marco de unos círculos de reconocimiento que les dan sentido. La identidad ciudadana, desde mi punto de vista, agrega a estas consideraciones el hecho de concebirse como parte de un conjunto en el que partiendo de valores específicos –libertad, respeto, propiedad privada, igualdad ante la ley, mérito, entre algunos de los nuestros- se potencie el aporte individual de cada uno, y en el proceso de construcción de su éxito y la articulación con el de los demás, contribuyan a construir un país verdaderamente libre y próspero.
A partir de esta convicción, avanzamos.

Salvar el fuego. Mi descubrimiento de marzo

Aprovecharé hoy 23 de abril, Día Internacional del Libro, para comentarles uno que hace poco terminé: Salvar el fuego, de Guillermo Arriaga ...